Antonio viaja a La Habana
Yaxys D. Cires Dib
Con pena muchos españoles constatan cómo
paisanos suyos viajan a Cuba ya sea para participar en la
prostitución, para alabar las hazañas del régimen o para ambas
cosas. Sin escrúpulo alguno compran los baratos “servicios
sexuales” de jovencitas y jovencitos ante la indiferencia de las
autoridades. Una vez regresan a España, le recomiendan a sus
amigos qué souvenir (bragas, calcetines, jabones, jeans) llevar
para “conquistar” a su presa y con la desfachatez del cómplice
repiten que “antes del 59, Cuba era el prostíbulo de los
americanos”. Hablan maravillas de la situación isleña y quieren
condenar a un pueblo entero a algo muy distinto de lo que ellos
disfrutan en su país.
Por suerte
cada regla tiene su excepción o sus excepciones. Antonio es uno de esos
españoles que como Moragas, Rafa o Jordi, han viajado o quieren viajar a
Cuba pero no en plan turístico. Lo tenía claro, si iba era para caminar y
llegar a la gente de a pie. Quería conocer cómo se vive en Cuba, aunque
antes de ir, se olía era de una manera muy distinta a la vitrina que le
muestra el gobierno cubano a los visitantes extranjeros. Siempre
circunspecto pero arriesgado, Antonio cumplió su propósito.
De regreso,
este amigo español cuenta todo lo que vio y escuchó en la Isla. A pesar de
la suspicacia que levantan los turistas que no van en la misma dinámica que
la mayoría, pudo recorrer barrios de La Habana y comprobar la miseria
económica y moral en la que se vive. Hasta le ofrecieron chica o chico,
relata. Fue testigo del día a día de un país cuyo gobierno ofrece pocas o
ninguna cosa buena, frente a un pueblo que subsiste. Algo que le causó mucha
gracia, a pesar de la triste realidad que se escode detrás de ello, fue la
frase de un señor: “aquí en Cuba para vivir hay que tener FE”. Al principio
Antonio se quedó sorprendido ante semejante acto de profesión religiosa que
aquel habanero tan solemnemente hacía. Pero poco tardó en comprobar que
aquel mensaje tenía otra lectura: “si, FE chico, le reafirmaba el hombre,
FAMILIA EN EL EXTRANJERO (FE)”. Nuestro amigo español también comprendió que
la realidad cubana es una mezcla difusa de lo sublime y lo ridículo, de la
miseria y el choteo.
Las últimas
visitas que hizo fueron a las casas de varios líderes opositores. Oswaldo,
Chepe, Vladimiro y Elizardo. Allí, comprobó la altura de los sentimientos e
ideales de la oposición democrática cubana y confirmó que no todo está
perdido. De ellos habla con mucho respeto y admiración. Yo le aseguré que
como ellos, hay muchos en Cuba, que aunque no llegan a ese nivel de
compromiso, sí quieren un futuro democrático o por lo menos, distinto para
su país.
Aún siendo
yo cubano y conociendo muchas de las cosas que Antonio me contó, hubo una
que me llamó la atención sobremanera y que ahora les comparto. Resulta que
fue a una de las tiendas habaneras en las que se compra con moneda
libremente convertible, por cierto, a precios abusivos. Cuando llegó al
lugar había una cola para entrar de unas 15 personas. Al percatarse una
señora de que Antonio era extranjero, le dijo que podía entrar sin tener que
hacer la fila, sólo tenía que mostrar el pasaporte, “bueno, auque por la
“pinta” que tienes a mil leguas se ve que eres o un yuma o un gallego”,
expresó la mujer. Para él, que vive en un país donde el ciudadano tiene
valor, donde puede entrar a todos los hoteles y restaurantes sin
discriminación alguna, donde la moneda con la que le pagan por su trabajo es
la que vale en todos los negocios y donde el extranjero es tratado con mucha
cordialidad, pero no como superior o en detrimento de los ciudadanos,
aceptar el consejo de la amable señora era ir contra su propia naturaleza,
la de un ciudadano que vive en una democracia. Le respondió que él “no
valía más que los cubanos” y que prefería esperar su turno. Dos minutos
después, para sorpresa de los presentes y perplejidad de Antonio, llegaba
una chica con rasgos suramericanos, con una ropa no muy común entre los
cubanos, a no ser que tuvieran “FE” –bueno, aunque un poco extravagante por
la exagerada mezcla de colores-. Nada más que abrió la boca todos notaron
que era venezolana, seguramente una chavista que estudia en Cuba. Al
comprobar que Antonio estaba en la cola preguntó a viva voz “si los
extranjeros también tenían que hacer la cola”, pregunta a la que nadie
respondió. Silencio que seguramente la trasnochada hija del neopopulismo y
desconsiderada con la gente que había llegado antes que ella, tomó como un
“quien calla otorga” y entró. Menuda escoria chavista. En fin, “no apto para
cardiacos”, como dijo un señor presente en la cola, según me relata Antonio.
Me dijo
Antonio que posiblemente se demore en volver a visitar Cuba, pero que
seguirá insistiendo entre sus amigos para que cada día sean más las
excepciones entre los turistas españoles. A propósito de Cuba, ¿sabes que
han hecho un museo para los Comités de Defensa de la Revolución?, me comentó
con tono irónico sobre la última maravilla del castrismo.