Y lo mandamos a callar
Marcos Villasmil
Hace tres semanas le dio la vuelta al mundo el video en el cual se muestra
al Rey de España, Juan Carlos I, mandando a callar al Bocón Mayor, Hugo
Chávez, durante una de las reuniones plenarias de la última Cumbre
Iberoamericana.
Gracias a ello, el mundo pudo ver una pequeña dosis del veneno que,
diariamente, en obligante cadena nacional, nos ofrece Hugo Chávez a todos
los venezolanos. Chávez no solo habla y habla –ya rompió todos los récords,
incluso los del longevo Fidel Castro- sino que no se recuerda una sola
intervención suya –no es exageración- en la cual no tuviera palabras
insultantes contra alguien -cualquier persona o institución que simplemente
ejerciera el normal derecho democrático de opinar algo que a Chávez no le
cayera bien o lo contradijera.
Las formas de agresión de un jefe de estado no son sólo tanques o cañones,
en especial si todas las instituciones del Estado están bajo su control
directo, y se posee como músculo de apoyo la experiencia del G2 cubano. Las
palabras de un presidente pueden servir de magisterio, pueden ser una forma
de pedagogía social o, como es el caso que nos ocupa, ser la antesala de un
infierno lleno de odio. El universo de Hugo Chávez no conoce la palabra
tolerancia.
El domingo 2/12 se realizó un nuevo hecho electoral, donde se decidía el
destino en libertad o en cautiverio del pueblo venezolano. Y el Bravo
Pueblo, como dice la letra de nuestro himno, habló y mandó a callar al
aspirante a monarca, convertido de nuevo gracias al voto en un mero
presidente de un Estado al menos en teoría republicano, y no una monarquía
socialista.
¿Quiénes fueron los ganadores? El pueblo, que desea que cesen los odios, los
enfrentamientos y el estilo apocalíptico de Chávez; la democracia, como
modelo de vida política que privilegia la diversidad y el pluralismo. ¿Los
perdedores? En primerísimo lugar, Chávez y Fidel Castro, y su modelo de
socialismo del siglo XXI, una copia del modelo fidelista-cubano de gobierno.
Pierden asimismo los otros proponentes de la reforma, los chavistamente
sumisos miembros de la Asamblea Nacional. Last but not least, pierde
el templo electoral chavista, el CNE, que trató de hacer una de sus
acostumbradas triquiñuelas, pero no pudo frente a la voluntad de una
oposición ¡por fin¡ preparada a reaccionar ante cualquier irregularidad que
se intentara. Dos cosas que difícilmente se sabrán con certeza son: en
primer lugar, cuál fue el resultado real, ante la ausencia de testigos
opositores en la sala de totalización del CNE; y dos, cuántos lexotaniles y
valiums le tuvieron que dar a Chávez en las horas de la noche del domingo,
para convencerlo que aceptara la derrota –a lo cual se oponía
obstinadamente- y permitiera a sus mandarines del CNE que dieran el
resultado ya conocido urbi et orbi.
Sin duda alguna, los principales actores y autores de la victoria, nuestros
jóvenes, nuestros estudiantes, que comenzando la lucha por la libertad de
expresión ante el cierre de RCTV hace seis meses, se posesionaron de la
calle y no la abandonaron nunca, en defensa de su derecho a vivir en
libertad y en paz.
En la acera nuestra, son indudablemente derrotados los cultores de la
abstención como única vía de oposición al régimen, y su líder de estas
últimas semanas, Herman Escarrá. Este señor, que ya agotó sus quince minutos
de fama, al menos le fue útil a los venezolanos que ante esta hora de
urgencia nacional, se arroparon bajo la excusa de la abstención para no
posponer el prioritario viaje al exterior, preferiblemente a Miami, New York
y Orlando, que es meritoria labor de patria –como bien se sabe- gastar los
cupos de los dólares de Cadivi. Pero si bien no es hora de jurungar
actitudes dentro de nuestro campo, tampoco lo es de olvidar que la
abstención castigó a todos, chavistas y demócratas.
Hoy, alegres como estamos por la victoria, debemos reconocer que este es el
primer paso de una lucha democrática que solo cesará cuando Chávez y su
banda abandonen el poder. Además, el resultado muestra una vez más que los
venezolanos seguimos divididos en dos toletes. Los líderes del bloque del NO
en un gesto republicano y muy venezolano, tendieron la mano del diálogo y la
reconciliación; más allá de sus palabras concediendo la victoria del NO,
podemos estar seguros que Chávez muy pronto volverá a sus acostumbradas
maneras insultantemente autoritarias. Ya advirtió que no cejará en sus
intenciones de implantar su modelo. Quedó muy bien por cierto el discurso
post-mortem del general Baduel, advirtiendo que debemos estar alertas para
impedir que se nos intente meter gato por liebre en especial con el uso de
las Leyes Habilitantes, otorgadas a Chávez por su complaciente parlamento.
No hay que olvidar que se nos enfrenta un militar autócrata que no posee
pueblo sino masa; que no tiene a su lado intelectuales sino adulantes; que
no se rodea de tecnócratas sino de asaltantes del erario público. El
movimiento de Chávez no posee una sola victoria que destacar en el frente
estudiantil, obrero o profesional; eso sí, le sobra dinero petrolero para
intentar comprar conciencias de una masa empobrecida, envilecida y engañada.
Pero el domingo ni siquiera eso pudo lograr el cheque en blanco autoritario
que exigía el barinés.
Hace tres semanas Juan Carlos I evidentemente perdió la paciencia. En ese
trance estamos, cada día que pasa, más y más venezolanos, ahora que la
careta autoritaria se le cayó al autócrata militar con su desafortunado
proyecto de reforma. Por fin el número de opositores pudo superar la odiosa
maquinaria ventajista (gracias al CNE) y clientelista (gracias al dinero
petrolero) que el chavismo ha construido en estos años en el poder. El 2 de
diciembre se demostró que por la vía electoral sí se puede mandar a callar
al nefasto Hugo Chávez.
El grito de alegría de millones de venezolanos el lunes en la madrugada,
puede resumirse en una de los lemas usados en sus marchas por nuestros
jóvenes, auténticos héroes de esta histórica jornada: -¿Quiénes somos?
Estudiantes. ¿Qué queremos? Libertad.